Ética
Sobre equivocarse en público
Cambiar de opinión solía llamarse aprender. Ahora se llama debilidad, hasta el momento en que se llama escándalo. Una defensa de volver a hacer del error una virtud pública.
Cada vez que alguien se equivoca en público, se activa un guion que ya conocemos de memoria. Primero la indignación, después la exigencia de una disculpa, y al final una actuación ensayada: la voz baja, la mirada a la cámara, el perdón por el tono antes que por el fondo. Esa ceremonia nos dice algo incómodo. Hemos aprendido a representar el arrepentimiento sin practicar la humildad epistémica, que es otra cosa: la disposición a creer que podríamos estar equivocados incluso cuando nadie nos está mirando.
Conviene distinguir entre estar equivocado y ser descubierto. La mayoría de nosotros tolera el error en privado, donde no cuesta nada, y lo castiga en público, donde todo se juega. La humildad epistémica no pide que dudemos de todo por igual. Pide algo más difícil: que tratemos nuestras opiniones como hipótesis revisables, no como posesiones que defender.
El precio de la corrección
La economía del comentariado tiene una regla implícita y cruel: castiga a quien corrige y premia a quien aparenta certeza. Quien admite un error pierde autoridad, y quien jamás lo admite la acumula. El resultado es un mercado de opiniones donde la confianza vale más que la exactitud, porque la confianza se vende y la corrección se disculpa.
Karl Popper entendió el conocimiento como una actividad que avanza precisamente por el error. En su falibilismo, una teoría no se fortalece porque se confirme, sino porque sobrevive a los intentos de refutarla. El error no es un accidente del método: es el método. Aprender es, en el fondo, equivocarse con provecho.
Corregibilidad: la virtud del periodismo
Si hay una institución que debería institucionalizar el error bien hecho, es el periodismo. Su virtud central no es la infalibilidad, sino la corregibilidad: la capacidad de decir, con el mismo compromiso con que se afirmó algo, que aquello estaba mal. I. F. Stone hizo de esa disciplina su marca. Prefería llegar tarde a una historia antes que equivocarse en ella, y corregía en público, impreso, donde corregir cuesta.
“Corregir en público no es una humillación. Es la única prueba de que lo que publicamos puede ser puesto a prueba.” La redacción, sobre la corregibilidad del periodismo
Lo que hace seguro el error no es la buena voluntad individual, sino el diseño. Una publicación que mantiene secciones de correcciones visibles, que actualiza las firmas cuando un texto cambia de posición, que publica retractaciones con el mismo tamaño que la afirmación original, convierte el error en procedimiento y no en vergüenza. El diseño le dice al autor: equivocarse aquí es posible, y por eso es también tolerable.
Al final, la pregunta es qué tipo de público queremos ser. Un público que no puede ver a alguien cambiar de opinión sin convertirlo en un escándalo no puede aprender nada en público. Porque aprender, en el fondo, no es otra cosa que cambiar de opinión delante de testigos. Si hacemos del error una debilidad, habremos hecho de la inteligencia un disfraz. Y de la verdad, un accesorio.
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